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“El sindicalismo
internacional necesita recobrar
la confianza en la
acción colectiva para ganar”
Entrevista a
Jean Pierre Page, exrresponsable del Departamento Internacional de la
Confederación General de Trabajadores (CGT-Francia), realizada por Charles
Hoareau, para “Rouge Midi”, tras el Congreso Sindical Mundial de La Habana
(Traducción: M. Le Falchier)
Charles Hoareau: Jean-Pierre Page, ¿puedes presentarte y explicar los
motivos de tu participación en el 15º Congreso de la Federación Sindical
Mundial?
Jean Pierre Page: He sido durante 13
años Secretario General de la Unión Departamental de CGT del Val de Marne;
luego, responsable del sector internacional de la CGT, y, durante unos
veinte años, miembro de la Comisión Ejecutiva Confederal, entre otras
responsabilidades y actividades nacionales e internacionales que he ido
asumiendo y algunas de las cuales sigo asumiendo.
Pero hablemos del 15º Congreso Sindical
Mundial. La Central de Trabajadores de Cuba, que era la anfitriona, me
había invitado, como a muchos otros amigos que comparten la misma
convicción, que es ver al sindicalismo mundial jugar su papel. Por mi
parte, deseo seguir participando a este debate. En su momento, critiqué a
la FSM (Federación Sindical Mundial) y también a la CIOSL (Confederación
Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) o a la CMT
(Confederación Mundial del Trabajo). Consideré que hacía falta una
renovación profunda del sindicalismo internacional y apoyé la idea de la
desafiliación de la CGT. Ahora bien, pienso que en una situación nueva
como la que conocemos, esta organización puede contribuir a favorecer una
renovación del sindicalismo internacional, con la condición de optar por
el cambio; no el cambio por el cambio, sino para la transformación en una
organización de lucha.
Personalmente, pienso que hoy en día el
sindicalismo internacional no tiene ninguna fuerza y, globalmente, sus
dirigentes han optado por seguir las orientaciones del capital (y estoy
hablando de todas las centrales). Por lo tanto, hagamos menos historias y
retóricas y trabajemos conjuntamente por la renovación del sindicalismo,
para conseguir un instrumento al servicio de los trabajadores, para luchar
en contra de la globalización capitalista y por una solidaridad más
efectiva, más concreta.
¿Quién participaba en este Congreso? ¿Cuál es actualmente la
representatividad de la FSM, que la CGT contribuyó a fundar hace 60 años?
Había más de 500 delegados en la Habana,
llegados de países de los 5 continentes, incluso de Australia, donde la
FSM tiene varios afiliados muy activos, o de EEUU, con un representante de
“Change to win”, que agrupa a las principales federaciones de la AFL-CIO
que acaban de separarse de la Confederación para constituir una nueva
coalición sindical. Esto, por cierto, va a modificar totalmente el marco
sindical de EEUU y también el internacional, afectando política y
financieramente a la AFL-CIO y a la nueva Confederación Sindical
Internacional (recientemente formada con la unificación de la CIOSL y la
CMT, ya hecha esta entrevista). Los delegados del Congreso de la FSM
procedían de 73 países representando a más de 230 confederaciones
nacionales, entre las cuales, 23 de África, y un número importante de
Asia, América Latina y el Caribe. La mayoría de ellas no estaban afiliadas
a la FSM, aunque el 80% de sus miembros estaban representados. Algunas
organizaciones participantes estaban afiliadas a otras centrales
regionales o internacionales, pero la mayoría sin afiliación, como la CGT
de Francia representada por Daniel Retureau, la CGT portuguesa, el CITU de
la India, le Zenroren de Japón, o los sindicatos de China, etc. Este
hecho, precisamente, es importante, corresponde a la realidad del
movimiento sindical internacional: casi la mitad no tiene afiliación
internacional, es decir, la inmensa mayoría de los trabajadores del mundo.
Es en este sentido que hay que hablar de
Congreso Sindical Mundial. Quiero añadir que esta participación, en
aumento respecto al anterior congreso de Delhi, es muy interesante, puesto
que se trata, en muchos casos, de sindicatos del Tercer Mundo, es decir,
con recursos limitados, y todas las delegaciones financiaban sus gastos.
Aprovecho para denunciar que numerosos visados de tránsito por países
europeos Francia, entre otros- fueron denegados a sindicatos del
Bangladesh, Paquistán, Filipinas... lo que redujo la participación.
Este congreso ha sido, por lo tanto,
especialmente representativo. Demuestra una existencia, una realidad
sindical, que sería erróneo subvalorar. Una realidad alejada de esta
estupidez que consiste o consistía en considerar la FSM como moribunda o
casi desaparecida. Debilitada ayer, pero hoy en plena renovación y con
perspectivas. Lo que demuestra que la fatalidad no existe. Estamos muy
lejos de este fin de la historia que nos habían anunciado.
Quiero añadir, finalmente, que este año
(en presencia de numerosos dirigentes de la CIOSL, entre los cuales estaba
su expresidente, y de la CMT, así como de numerosas centrales nacionales)
y bajo la presidencia de Juan Somavia, Director General de la Organización
Internacional del Trabajo, tuvo lugar un importante encuentro en Ginebra,
en junio, para celebrar el 60º aniversario de la FSM.
¿Cuáles eran los retos de este congreso?
¡Nada menos que un cambio radical! Hay
que ver las cosas como son; el sindicalismo internacional, sin ninguna
excepción, es prácticamente inaudible, bastante inconsistente y, por esto,
los trabajadores y sus intereses quedan marginados. Por otra parte, hay
que señalar su institucionalización, su burocracia y su afán de
reconocimiento (como síntoma, hay que recordar que Hill Jordan, el
exSecretario General de la CIOSL fue ennoblecido por la reina de
Inglaterra). En resumen, este sindicalismo está tan alejado de las
realidades sociales, de las luchas, de la vida del mundo del trabajo, que
es totalmente ineficaz; pero, además, vive para sí mismo y para asegurar
la existencia social de sus dirigentes. La FSM también estaba en esta
situación, si bien es verdad que hay que matizar teniendo en cuenta su
representación y su implantación.
Pienso que el mérito de este XV Congreso
es haber tenido la valentía de mirar las cosas sin autosatisfacción y
haber sacado las conclusiones, atacando las causas de esta situación. Con
retraso, evidentemente, ¡pero al final se ha hecho! La FSM ha modificado
su orientación, no sus principios de lucha de clases, los valores
internacionalistas que son suyos, pero sí su visión, su estrategia, para
hacer de ella un instrumento útil para las luchas y la relación de
fuerzas. Lo ha hecho a partir de un análisis riguroso de la globalización
capitalista, optando por abrirse al mundo del trabajo internacionalizado
de hoy, optando por una verdadera apertura hacia los trabajadores, tengan
garantías o no; por lo tanto, hacia el trabajo informal, hacia los sin
tierra, los sin derechos, las comunidades autóctonas... Lo ha hecho
optando por la unidad sindical internacional sin exclusiones para
favorecer una respuesta sindical más eficaz. Esto la ha llevado a
modificar radicalmente sus métodos de trabajo y de organización, optando
por dinamizar el trabajo profesional y regional al reactivar sus
estructuras de coordinación. Ha decidido dejar su sede de Praga por
Ginebra y Atenas. Ha elegido una nueva dirección rejuvenecida y más
representativa, con un joven Secretario General, Georges Mavrekos, a la
cabeza, uno de los dirigentes nacionales de la confederación unitaria de
su país: la CGT de Grecia. Estas decisiones han sido tomadas y empiezan a
ser aplicadas. ¡Es un cambio muy grande, es muy alentador!
¿Qué puedes decir de los debates?
Fueron muy intensos. Nunca es fácil auto
criticarse. El tono ya estaba presente en el documento de orientación y en
el discurso de apertura del Congreso por parte del Secretario General de
la central cubana. Puesto que el planteamiento era muy crítico, no se
quiso cargar demasiado las tintas. Se intentó responder con mucha lucidez
a lo que son los desafíos del sindicalismo internacional, los de nuestro
tiempo.
A este respecto, es indiscutible que en
la crisis del sindicalismo internacional está el fracaso del sindicalismo
de acompañamiento, de la negociación sin luchas y del seudo diálogo
social. Esto influye mucho en las relaciones sociales por la dominación
que ejerce el sindicalismo de los países ricos. En estas condiciones, éste
último asume una enorme responsabilidad que, además del retroceso social
que vemos en todas partes, lleva al debilitamiento, a la división, a la
desafiliación, a la pérdida de credibilidad. Seamos claros: no hay ninguna
perspectiva en esta dirección. Como prueba, el balance del sindicalismo en
los países industrializados, en especial europeos: el balance que se ha de
hacer es aterrador.
Esta situación es más perjudicial que
nunca, puesto que hoy la necesidad objetiva de solidaridad es enorme.
¿Para qué sirve hablar de la falta de dimensión social de la
globalización, como se hace a menudo en la OIT u otros foros, del
agravamiento de las desigualdades y de la pobreza, cuando se está como
paralizado por esta realidad? Lo increíble es que esta situación sólo
puede ir a peor por la misma lógica del sistema capitalista, sobre todo
si no hay resistencia. En EEUU, 45 millones de trabajadores están privados
de cualquier protección social. ¿No es esto la representación de un
fracaso: el de una determinada concepción y de una práctica sindical? Y lo
que es válido en EEUU también lo es en otro sitio.
Esta situación es más asombrosa todavía
cuando constatamos que muchos sindicatos del Tercer Mundo demuestran una
vitalidad que debería incitar a las centrales de los países ricos a más
modestia y menos arrogancia. Sin embargo, éstas últimas siguen queriendo
imponer sus puntos de vista. La presencia del sindicalismo en las
instituciones internacionales refleja esta realidad. Por ejemplo, ¿es sano
que una única internacional, la CSI, se apropie casi en exclusiva y de
manera totalmente unilateral de la mayoría de las responsabilidades que
corresponden al sindicalismo en el marco de la OIT, que las use y abuse de
ellas? ¿Es justo privarse de experiencias, cuando muchos sindicatos poseen
balances, resultados, reflexiones, a la vez que desarrollan iniciativas
nacionales e internacionales enriquecedoras para todos?
Tal como lo han hecho notar numerosos
delegados del Congreso Sindical Mundial, ¿de qué serviría constatar que la
situación de los trabajadores se va deteriorando si no se saca ninguna
conclusión en términos de estrategias de lucha y si no se busca las
causas? ¿Cuál puede ser la utilidad de un sindicalismo que sólo negocia y
gestiona el retroceso social? Este hecho no podría darle autoridad entre
los trabajadores. ¡No se lucha ni se afilia a un sindicato para esto!
El Congreso Sindical Mundial, pues, ha
recogido ampliamente las luchas en el mundo, así como las cuestiones que
plantean. Éstas son muy importantes y consiguen resultados si miramos en
América Latina el fracaso del ALCA, el tratado de libre comercio que
quería imponer EEUU, y también las evoluciones sociales y políticas
manifestadas por los cambios profundos en Venezuela y, más recientemente,
en Bolivia. En la India, el reciente movimiento reivindicativo por la
defensa de los servicios públicos ha reunido a más de 45 millones de
huelguistas y la batalla de Toyota se ha transformado en un combate de
dimensiones internacionales, al igual que el de las víctimas de Bhopal, en
el cual el CITU está en primera línea. Podríamos dar otros ejemplos de
este sindicalismo reivindicativo, que no solamente resiste, sino que
contribuye a conseguir resultados concretos en materia de empleo, de
derechos sociales, de libertades sindicales y de medio ambiente. La
división capital/trabajo a escala internacional, el problema de las
relocalizaciones, la voracidad de las empresas transnacionales, la acción
nefasta de instituciones tales como el FMI, el Banco Mundial, la OMC o
algunas instituciones regionales, como la Unión Europea (aliada con EEUU),
todo esto subraya que el sindicalismo tiene que ocupar su lugar,
especialmente articulado con otras fuerzas, como las que moviliza el Foro
Social Mundial.
Se trata, pues, de un Congreso orientado
hacia el futuro. Se ha discutido mucho la necesidad de construir
estrategias de movilizaciones unitarias. Me han sorprendido mucho las
enormes expectativas expresadas respecto a la FSM, para que contribuya a
una verdadera renovación del sindicalismo internacional, en el sentido de
más acciones, más unidad, más democracia y transparencia. El capitalismo,
el proyecto de dominación del imperialismo que se expresa en Irak o en
otros sitios, supone riegos considerables para la humanidad. Éste fue uno
de los temas importantes de la discusión. Por lo tanto, sí, el
sindicalismo tiene responsabilidades inéditas para hacer frente a esta
nueva realidad. El nivel de los retos exige respuestas distintas. Nadie
puede escapar de estas problemáticas, es el sentido y el contenido del
“Consenso de la Habana”, la resolución aprobada por todos los
participantes, afiliados o no, al final del Congreso Sindical Mundial.
Para los delegados, se trataba de afirmar que existe una gran necesidad de
un sindicalismo más concreto, más articulado y, sobre todo, capaz de
anticipar, y, por lo tanto, muy pegado a las exigencias, pero también a
las esperanzas y a los sueños de los trabajadores.
Es, pues, un cambio importante. Pero, ¿qué garantiza que este “Consenso
de la Habana” se vaya a aplicar?
Es una pregunta fundamental. Para la
FSM, su nueva orientación, su nueva dirección, es una cuestión de
credibilidad. Una cosa es decidir y, otra, aplicar, dar vida de manera
creativa a las decisiones. En primer lugar, diré que, aparte de los medios
para cambiar y transformarse, la nueva FSM afirma una voluntad que, si
juzgo por las primeras acciones de su nuevo secretariado, muestra un
evidente cambio de comportamiento; por lo tanto, de compromiso y de ritmo
de trabajo. Es positivo, pero no es suficiente. En segundo lugar, y es,
por cierto, lo que varias centrales no afiliadas han expresado, se
felicitan de estos cambios, pero a la vez esperan una concreción del
“Consenso de la Habana” en cuanto a iniciativas, acciones y también una
nueva visibilidad de la FSM, más ligada a sus afiliados y sus amigos. La
revitalización de sus estructuras profesionales y regionales debe
contribuir a esto, es bastante urgente.
Pero, de hecho, hemos entrado en una
época de clarificación, y los que sienten realmente los principios del
sindicalismo de clase, del sindicalismo de lucha, del sindicalismo
unitario, quieren dar una dimensión internacional a sus combates. Si el
combate es más difícil, a la vez presenta más oportunidades. Por lo tanto,
nadie puede escapar a las responsabilidades ligadas a los retos. Cada uno
debe escoger el campo en el que se sitúa. El sindicalismo internacional
necesita una fuerza dinámica que contribuya a dar a los trabajadores los
medios para recobrar la confianza en la acción colectiva para ganar, para
conseguir verdaderos avances sociales.
Desde mi punto de vista, está claro que
la FSM ocupa ya una posición que le permite responder a estas exigencias.
Es un aspecto nuevo que muchos observadores han detectado. Es la única que
se sitúa actualmente y se determina a partir de una posición de clase, de
lucha y de confrontación con el capital. Ahora tiene que pasar a los
actos, y esta ventaja que posee puede permitirle responder de manera útil
y eficaz a estas esperanzas. Se le juzgará en función de esto; para ella
es un verdadero reto que merece que se le ayude a concretarlo. Es un
planteamiento opuesto a la concepción que prevalecía hasta ahora, que
consistía en preocuparse por su existencia únicamente –concepción
compartida, por cierto, por muchas otras. De alguna manera, existir para
sí mismo. Si se trabaja rápida y eficazmente para cambiar la orientación,
puede haber una real perspectiva para esta organización. Pero, como todo
el mundo sabe, nada es automático.
Un número importante de centrales, entre
las cuales algunas muy significativas, han manifestado claramente su
intención de seguir desarrollando sus relaciones de trabajo con la FSM e,
incluso, a entrar a formar parte de ella. Esta disponibilidad se
concretará más rápidamente si se pasa de la palabra a los hechos. Además,
una mayor apertura en cuanto a las condiciones de afiliación permite
integrar a muchas organizaciones nacionales, regionales, locales, de
empresa, a corrientes, organizaciones campesinas, etc.
Precisamente, algunas centrales internacionales como la CISL y la CMT
se plantean la creación de una nueva central mundial. ¿Estará la FSM
asociada a este proceso?
Se trata de una decisión importante, con
la cual sólo se puede estar de acuerdo, puesto que la unidad corresponde a
una necesidad. ¿Quién podría pretender, solo y sin solidaridad
internacional, hacer frente a los proyectos del capital,
independientemente del país, la región o el sector en el cual ejerce su
actividad? Numerosas organizaciones en el mundo expresan estas legítimas
preocupaciones. La resolución final del “Consenso de la Habana” hace
explícitamente referencia a este objetivo.
Pero, volvamos a la pregunta: en la
actual situación, la respuesta es no. La FSM y sus afiliados no han sido
invitados a participar en estas discusiones. Puede, por lo tanto, uno
preguntarse acerca de la contradicción entre la intención y el hecho de
pretender hacer algo nuevo cuando, al mismo tiempo, se sigue teniendo los
mismos comportamientos de actitud unilateral, de exclusión, de apriorismo
y sectarismo respecto a sindicatos que representan decenas de millones de
trabajadores.
En estas condiciones, ¿es el objetivo de
la CIOSL y de la CMT romper con las anteriores opciones, con las
orientaciones y las prácticas antiguas, superar los actuales
entorpecimientos para construir un sindicalismo internacional unitario con
todos y con el cual habría que contar si se quiere trabajar para la
justicia social, la paz y la cooperación? ¿O, por el contrario, se trata
de otra cosa muy distinta? Tenemos derecho a hacernos la pregunta.
Si esta voluntad de abrir un debate con
todos existiera realmente, esta propuesta podría relanzar la reflexión en
el movimiento sindical, volver a empezar de cero. Es necesario si queremos
dar este salto cualitativo.
Por este motivo, ello requiere que los
sindicalistas de todo el mundo saquen conclusiones de sus fracasos, que
tengan el valor de analizar la situación real, que identifiquen
correctamente las posibilidades y también los obstáculos, los límites, los
retrasos. Sobre todo, que sean lúcidos. Ahora bien, cuando leemos los
documentos preparatorios para el congreso constituyente de la nueva
organización, lo menos que podemos decir es que tenemos dudas.
Superar las actuales estructuras, tal
como se propone, para crear una nueva central internacional, corresponde a
una necesidad de renovación del sindicalismo internacional; pero, ¿para
hacer qué y con qué objetivo? La CGT lo había puesto en evidencia, a
principios de los años 90, al formular propuestas de renovación y tomar
iniciativas como la Conferencia de El Cairo. Pero, luego, renunció, cuando
se afilió a la Confederación Europea de Sindicatos (CES) y cambió de
orientación y estrategia en el Congreso de Estrasburgo. Las condiciones
que fueron impuestas entonces a la CGT, en especial para conseguir el
apoyo de la CFDT a su afiliación, contribuyeron a una evolución nefasta.
Sobre todo teniendo en cuenta que nunca se informó a los sindicatos de la
CGT. Esta falta de compromiso internacional, paradójico en el contexto de
la globalización y, a la vez, contradictorio con su historia, su identidad
y sus valores, la falta de implicación y de interés por estos problemas
por parte de su Secretario General, está afectando la contribución
singular que siempre tuvo la CGT en el seno del sindicalismo mundial y que
podría tener en el marco de este debate.
Esta exigencia de cambio y de
transformación es legítima y, por eso, merece una amplia discusión en el
seno del movimiento sindical internacional tal como está y, evidentemente,
con los primeros interesados: los trabajadores, que hasta ahora no se han
tenido muy en cuenta. Por lo tanto, no puede ser asunto de algunos pocos
aparatos sindicales inmersos en problemas existenciales, o con objetivos
que, en el fondo, sólo buscarían flexibilizar el mismo sindicalismo.
Algunos responsables de la CGT participan en reuniones con los dirigentes
de la CIOSL sobre este tema, pero, ¿qué saben de esto los sindicatos, los
trabajadores? ¿Cómo van a determinarse en la perspectiva del próximo
Congreso Confederal de la CGT? ¿Se han sacado realmente, desde este punto
de vista, todas las lecciones de las condiciones de la afiliación a la CES?
¿No hay ningún debate en el seno de las organizaciones de la CIOSL, de
la CMT y las centrales sin afiliación internacional? ¿Lo habéis hablado en
La Habana?
¿Cómo el sindicalismo reflexiona sobre
su propia crisis, su capacidad no solamente de representar el mundo del
trabajo en su estado actual, sino de proponer una visión, un análisis
sindical e integral de la globalización, capaz de elaborar unos objetivos,
un proyecto coherente, una alternativa, y, por lo tanto, otro mundo
posible, que no puede ser el de la sumisión del trabajo al capital? Este
debate necesario ha tenido lugar en La Habana, de una manera insuficiente,
es verdad, pero ha tenido lugar. De hecho, esta reflexión está presente en
todas las organizaciones sindicales, y, puesto que no hay nada uniforme,
hay que favorecer la discusión y no intentar solucionar problemas tan
fundamentales con respuestas meramente organizativas e institucionales.
¿Cuáles son las opciones del sindicalismo? ¿Se trata de humanizar la
globalización, de regularla en el marco de lo que deciden los
empresarios? O, al revés, ¿se trata de contestar las opciones del
capitalismo, poner en cuestión la propiedad y los poderes de decisión
desde el lugar de trabajo hasta el nivel del Estado?
Es muy difícil encontrar respuestas a
estas preguntas, en términos de objetivos y acciones, en este “big bang”
del sindicalismo internacional anunciado (realizado) por la CIOSL y CMT.
Por cierto, constato muchas críticas y desacuerdos en sus propias filas.
Acabo de leer la aportación de un dirigente de la CIOSL que dice lo
siguiente:
“...En las propuestas, no hay ningún
análisis sobre la naturaleza actual del capitalismo -el cual, sin embargo,
ha llevado el mundo del trabajo donde está ahora-, ningún análisis de lo
que es la clase obrera hoy en día. ¿Se puede reconstruir la fuerza del
movimiento en la perspectiva de una lucha contra el capital transnacional
con la única ambición para la nueva internacional de ejercer una mayor
influencia sobre el Banco Mundial y el FMI?” Y añade: “... Como si, con
una varita mágica, la simple suma de debilidades pudiera producir una
nueva fuerza, y esto sin ninguna relación con la realidad o la razón”. Por
mi parte, no tengo nada que añadir a esta lúcida constatación.
Por lo tanto, podemos preguntarnos si,
finalmente, esta propuesta de nueva central, esta “Global Unión”, no tiene
relación con los objetivos del capital, la crisis, la recesión que se
anuncia, la guerra económica e, incluso, la guerra. Sabemos que la
patronal, sea francesa, europea o internacional, comparte al menos una
visión común: la legislación del trabajo y las reglamentaciones sociales
son corsés que frenan la competitividad; hay que dar libertad de acción a
las empresas abandonando todo lo que puede limitarla. A nivel
internacional, las negociaciones en el seno de la OMC constituyen uno de
los lugares privilegiados de esta ofensiva.
¿Qué dicen y qué harán los sindicatos cuando se plantee este proyecto?
¿Qué propondrán como proyecto de lucha? Curiosamente, los propulsores de
esta nueva central no dicen nada a este respecto.
Pero, ¿no existe un problema de independencia sindical respecto a lo
político en las concepciones de la FSM?
Hagamos el análisis de la situación,
pero hagámoslo en serio, de la FSM o de cualquier otra organización
internacional, regional o nacional. Quiero intentar contestar sobre la
cuestión de fondo.
De hecho, a nivel nacional o
internacional, rompiendo con unos principios de lucha, auto convenciéndose
de que se recuperará la credibilidad del sindicalismo con una actitud de
lealtad respecto al capitalismo -gracias al binomio propuesta/negociación
o a la reforma de algunas instituciones-, se llega a una forma de
perversión de cuál es la finalidad del mismo sindicalismo. Un sindicato
debe determinarse en términos de análisis, pero, sobre todo, de acción.
Pero, muchas veces, ésta está completamente ausente. Aquí está el fondo
del problema; y la independencia sólo tiene sentido según el tipo de
respuesta que se da a los problemas planteados. O se reconoce los
principios de clase y se actúa en consecuencia, o todo esto no es más que
una referencia fácil que tiene más de retórica que de otra cosa. Pero, si
es así, hay que decirlo, es más honesto. El concepto de independencia
solamente se plantea a través de la contradicción capital/trabajo y la
capacidad del sindicato a asumirse como tal, tomando cada vez y siempre el
partido de los intereses de clase de los trabajadores.
¿Es el caso hoy? Hay que responder a esta pregunta y, si la respuesta
es negativa, entonces, ¿por qué?
¿Por qué tendríamos que juzgar las relaciones sindicatos/partidos
políticos como si fuéramos los garantes de los valores universales del
sindicalismo? ¿No sería una muestra de arrogancia? Sobre todo cuando viene
de aquellos que son muy flexibles respecto a la política del capital.
Constato que estas concepciones,
herencia de una historia que asociaba estrechamente la acción del partido
y la del sindicato, han marcado profundamente la vida en la FSM. Pero han
influenciado el sindicalismo, todo el sindicalismo. Si esto es verdad,
también hay que reconocer que sigue existiendo una versión socialdemócrata
de esta concepción y que ésta predomina en Gran Bretaña, EEUU, Alemania,
en los países escandinavos, etc. Pero también existe una versión de
derechas, con sindicatos correa de transmisión del partido en varios
países. Estas dos últimas concepciones consideran insuperables las reglas
del mercado y, por lo tanto, del mismo sistema capitalista.
¿Qué queda de esta época que marcó profundamente la historia
contemporánea, la de la FSM, pero también todo el movimiento sindical
internacional? Las diferencias políticas e ideológicas eran enormes, cada
central se posicionaba en función de un bloque. ¿Dónde estamos hoy?
Es imposible contestar puesto que la
falta de criterios de clase es común a numerosas organizaciones y no de
las pequeñas, independientemente de su afiliación internacional. Sólo hace
falta leer los documentos del Congreso para comprobar que son
constataciones de los hechos, pocas veces análisis de las causas. Es
verdad que es más fácil así para hacer y decir cualquier cosa. Tal como lo
subraya de manera pertinente el dirigente de la CIOSL que citaba antes:
“...con la nueva central internacional, se afirma querer romper con la
antigua ideología de la CIOSL. ¡OK! Pero, ahora, ¿nos vamos a posicionar
respecto a qué ideología? ¡Sobre esto no se dice nada!”.
Pasemos a otra cosa. En la FSM había
organizaciones que hoy están en la CIOSL. ¿Son ahora más democráticas e
independientes que antes? Cuando observo la realidad, en especial la
opinión de los trabajadores de estos países, puedo dudar. Además, desde la
mutación de estos sindicatos, su balance es a menudo malísimo.
Acabo de llegar de Cuba. Allá hay una
larga historia sindical, una continuidad influenciada por las luchas por
la independencia y el respeto de la soberanía, por la conquista de
derechos sociales, en particular, de Hatuey a Manuel de Céspedes, de José
Martí a Fidel Castro. Esta realidad marca en profundidad el proceso
revolucionario cubano, y los sindicatos no escapan a ello. Tiene
influencia sobre su capacidad para el debate, su libertad de palabra, su
dinamismo reivindicativo y a los militantes no les falta. Su
internacionalismo les confiere una autoridad y una credibilidad en su país
y también en el mundo. Reconocer este hecho no es contradictorio con el de
considerar también les problemas, los límites, las dificultades que
tienen. Ellos hablan de esto libremente y, en general, con mucha lucidez.
Evidentemente, sus concepciones tienen en cuenta la naturaleza socialista
de su país y, por eso, son diferentes de las nuestras.
¿Este hecho pone en cuestión las relaciones de trabajo que existen
desde hace más de medio siglo, tal como lo ha hecho la CGT? ¿En nombre de
qué y de quién, y además sin ninguna explicación? ¿Qué saben de esto los
sindicatos de CGT?
Esta concepción selectiva, que a menudo
tiene motivaciones oportunistas, crea un enorme perjuicio a los
trabajadores en Francia, a la CGT y, está claro, al movimiento sindical
internacional.
Y esto está pasando: es increíble, e,
incluso, francamente ridículo, cuando el Secretario General de la CES,
John Monks, acaba de llamar a la solidaridad con Cuba y la CTC en un mitin
sindical en Londres.
¿Qué opina de esto Bernard Thibaut –SG de la CGT? Estaría bien saberlo.
Tener la independencia en cuenta es
reconocer para todos la posibilidad de organizarse según criterios
propios. Este derecho existe para todos y, por lo tanto, para la CTC
cubana, para las organizaciones afiliadas a la FSM y para todas las otras
organizaciones. Existen concepciones sindicales diferentes en el mundo;
son muy diversas, es así, y representa más bien un factor de
enriquecimiento. Yo no compartía las que prevalecieron en los países
socialistas. Sin embargo, no eran ni peores ni mejores que otras. La CGT
se acomodó a ellas, luego las criticó. Esto es así, y constato que este
hecho no impediría discutir, tener relaciones de trabajo y actuar
conjuntamente.
Por lo tanto, la verdadera independencia
es la que existe respecto del capital, y de las políticas, de los
partidos, de las fuerzas, de las instituciones que lo defienden. También
hay que ser capaz de dialogar y trabajar con todos los trabajadores y sus
sindicatos, en el respeto a las diferencias, en la unidad contra el veneno
de la división que el capital intenta organizar.
Por eso, no podemos admitir la
referencia obsesiva de algunos a la independencia, cuando, de hecho, esto
no lleva más que a dividir un poco más a los trabajadores y sus
organizaciones. En estas condiciones, no se puede admitir la ingerencia,
la exclusividad, el ostracismo como prácticas en el movimiento sindical.
Son inaceptables, sobre todo cuando vienen de los que no han hecho la
crítica de una historia todavía reciente, cuando actuaban –y todavía
actúan- a las órdenes del Departamento de Estado, en Washington, o de la
Unión Europea, tal como lo hemos visto con las posiciones de la CES sobre
el proyecto de Constitución europea, o también de instituciones
gubernamentales que no tienen nada que ver con la filantropía. Cuando la
CIOSL y la AFL-CIO apoyan política y económicamente a la CTV venezolana,
esta organización corrompida -implicada en el intento de golpe de estado
contra un presidente democráticamente elegido, Hugo Chávez-,
¿qué decir?, ¿callar?, ¿hacer como si no pasara nada?
A este respecto, por cierto, habría
mucho que decir sobre el origen, la independencia y la finalidad de las
fuentes de financiación de la actividad de los sindicatos, especialmente
en los países industrializados. Podemos interrogarnos sobre las
consecuencias positivas para los trabajadores de los EEUU del apoyo
político y financiero de la AFL-CIO a John Ferry, y felicitarnos de que
cuatro federaciones de los TUC británicos hayan decidido acabar con la
financiación del New Labour de Tony Blair. Pero, ¿qué pasa con los otros?
Sí, estos problemas son muy reales y plantean interrogantes legítimos
sobre la verdadera independencia de los sindicatos. Discutamos, hagamos en
todas partes una reflexión seria. En Francia también, incluso en la CGT.
Según tu opinión, este 15º Congreso
Sindical Mundial plantea problemas que conciernen al futuro del
sindicalismo, y, por lo tanto, el contenido de las reivindicaciones y la
actitud de los sindicatos frente a los desafíos de la globalización
capitalista.
¿Podemos esperar progresos hacia un planteamiento común?
Es necesario y es una responsabilidad
que hemos de asumir, puesto que, finalmente, en unas condiciones
diferentes -pero en todas partes, nos enfrentamos a una misma lógica, la
del mercado es decir, a la búsqueda del mayor beneficio, y nos enfrentamos
a los mismos adversarios. Por lo tanto, ¿no es necesario afirmar esta
exigencia clara: “el mundo no pertenece a las multinacionales, también es
nuestro”, y sacar las consecuencias en términos de objetivos y de lucha?
Pongamos un ejemplo, el del pleno empleo
para todos y en todo el mundo. Está en contradicción con cualquier
solución de adaptación o de acompañamiento. De hecho, el concepto de
“empleabilidad” ha permitido, en EEUU, pasar de una sociedad de pobres sin
empleo a una sociedad de pobres con empleo. Es lo que tenemos en Francia
con el CPE. Por lo tanto, hay que intentar oponerse tajantemente a estas
orientaciones que quieren imponer en nombre de la lucha contra el paro y
la pobreza, y hay que hacerlo desde un planteamiento global. Lo mismo pasa
con el problema de las relocalizaciones o la defensa de los servicios
públicos. Tal como lo dice Fidel Castro, “la guerra contra el
subdesarrollo, la pobreza, el hambre, es la única guerra realmente
humanitaria”. ¡Esta exigencia moral también debe implicar al sindicalismo!
Por todo ello, los pueblos, los
trabajadores y sus organizaciones más que nunca necesitan
internacionalizar sus luchas, articularlas desde sus lugares de trabajo,
sus pueblos, hasta el nivel mundial, favoreciendo y coordinando sus
acciones en las empresas multinacionales, a través de sus sindicatos y sus
comunidades... Se trata de construir y multiplicar las redes y los
contrapoderes frente a las instituciones supranacionales, financieras, a
las potencias hegemónicas, que se atribuyen el derecho de decidir para el
mundo entero. Se trata de dotarse de los medios para un amplio debate,
tanto sobre la estrategia como sobre la definición de una sociedad capaz
de poner el conjunto de los recursos productivos del mundo al servicio de
las necesidades y aspiraciones de los trabajadores, y, por lo tanto, de
los habitantes del planeta.
Lo decisivo y radical en esta situación,
es que el internacionalismo hoy en día no puede reducirse a una definición
de principio, a una aspiración moral. Hay que concretarlo en términos de
compromisos precisos, de comportamientos consecuentes, y ya, a partir de
las realidades nacionales que todos padecen. Para decirlo claramente, se
trata de elaborar un programa y definir una práctica social realmente
internacionalista, para debilitar el capital en el propio país, en la
perspectiva de conseguir éxitos globales y continentales.
En este contexto, el único interés de la
solidaridad internacional es poder contribuir a la movilización de los
trabajadores y de los pueblos y, por lo tanto, a la realización de sus
propios objetivos. Y esto implica las orientaciones, las prioridades, los
métodos, los medios y las formas de organización de que dispone el
movimiento sindical internacional si pretende tener un peso en la política
desarrollada por las empresas, las instituciones y también los gobiernos.
Tratándose de este congreso y, en
especial, de la FSM, la opción ha sido plantear la acción al servicio
exclusivo de las reivindicaciones, dejando de lado cualquier actitud
guerrillera, cualquier ostracismo, cualquier forma de arrogancia. En todas
partes, los problemas económicos y sociales están en el corazón de los
retos, de las opciones de sociedad. Por lo tanto, hay que trabajar para
responder a las necesidades y aspiraciones de los trabajadores, en la
búsqueda de la más amplia unidad, en el respeto escrupuloso de la
independencia de cada uno. |