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Guerra a muerte contra la corrupción y
la ineficiencia. ¿Cómo?
Marcelo Colussi
“Somos
lo que hacemos. Pero más aún: somos lo que hacemos para cambiar lo que
somos”
Eduardo Galeano
Se ha dicho hasta el hartazgo que una
revolución, una verdadera y sostenible revolución, no puede ser tal si no
es una revolución cultural, una revolución en lo profundo de cada ser
humano. La Revolución Bolivariana en Venezuela tiene características
únicas, distintas a todos los procesos socialistas que se han conocido en
el siglo XX. La “revolución bonita” se le ha llamado; revolución que
triunfó sin disparar un solo tiro. Revolución que surgió de una manera
bastante inusual: vino desde un líder hacia las bases. Proceso que, sin
dudas, deja una impronta importante: no fueron las grandes masas quienes
encontraron a la revolución sino, al contrario, fue la revolución la que
se encontró con una población ávida de cambios. El encuentro se dio, y ahí
comenzó esta nueva historia para la sociedad venezolana.
De todos modos, la historia recién se
está comenzando a tejer, y sin dudas falta mucho camino por recorrer. Y
justamente como no hubo un proceso violento de cambio, de asalto del poder
político armas en mano, las transformaciones van dándose con un ritmo
tranquilo, sosegado. Es importante tener en cuenta que recién se tomó
parte del poder. Es decir: la revolución encarnada en la figura de su
conductor Hugo Chávez ha ocupado el aparato de Estado, los distintos
mecanismos de gobierno; pero eso no quiere decir que detente todo el
poder. La derecha sigue conservando una buena cuota del mismo: maneja
muchas poderosas empresas privadas, tiene influyentes medios de
comunicación, cierto aparato político, universidades, buena parte del
clero católico y su jerarquía, algunos sectores de las fuerzas armadas y
de seguridad. La revolución maneja los hilos fundamentales del Estado. Sin
embargo falta aún lo más difícil: la cultura de base no ha cambiado. Ahí
está el verdadero núcleo de la revolución. Si se quiere: el poder popular.
Esa es la garantía final de la sobrevivencia del proceso de cambio.
Para profundizar realmente la
revolución, para construir en forma sólida este nuevo socialismo que se
quiere, debe cambiar la cultura, la actitud frente a la vida, las “cabezas
y los corazones”, la cultura entendida como idiosincrasia, como
cosmovisión, como proyecto humano en juego, tanto individual como
colectivamente. Si no, no se pasa del nivel burocrático, del nivel
externo. Nos podemos poner la franela de revolucionarios, pero en lo
sustancial nada cambia. Y eso, justamente, nos enseña la experiencia del
pasado siglo: sin cambio cultural profundo, sin “hombre nuevo” para
retomar viejas consignas o, sin “hombre y mujer nuevos” –porque el
marxismo ha sido bastante machista, reconozcámoslo, y las mujeres son la
mitad de la humanidad–, sin eso no hay posibilidad de cambio real. Pero,
ahora bien: ¿cómo lograr ese cambio? ¿Cómo ir más allá de manejar la casa
de gobierno? O si se quiere preguntar de otro modo: ¿cómo trascender lo
cosmético? ¿Cómo ir más allá de la “moda” revolucionaria, de la franela o
la gorrita roja para las marchas?
Quizá el camino lo marca el mismo
presidente Chávez con su actitud, con su mensaje, con la nueva ética que
intenta construir. Quizá nada más elocuente que la forma en que llegó a
votar el domingo 3 de diciembre, el día que fuera reelegido por una amplia
mayoría de venezolanos: solo, sin escolta ni chofer, manejando su propio
automóvil, un modesto “escarabajo”, un popular y nada lujoso Volkswagen.
Así, sin pompa, demostrando que un cargo público debe ser el cumplimiento
de un servicio y nada más que eso. Ahí está el mensaje para empezar a
hablar de esa nueva cultura. O enfatizando el contenido de una nueva ética
días después de las elecciones diciendo que “Aquí no puede haber
ladrones, corruptos, irresponsables ni borrachos”.
Encontramos ahí, entonces, el meollo de
la cuestión: hay que edificar una nueva cultura. ¿Y cómo se construye esa
nueva cultura?
Apenas terminadas esas elecciones que
ganó con un enorme caudal de votos, el reelecto presidente Chávez llamó a
una batalla frontal, a muerte, contra esas dos lacras que son el peor de
los enemigos de la revolución: la corrupción y la ineficiencia. Salvando
las distancias, lo mismo dijo un año atrás el conductor máximo de la
Revolución Cubana, Fidel Castro, en su histórico
discurso ante la juventud cubana cuando se refirió a “los errores y
vicios de todo el proceso” y la línea para conducir rectamente la
revolución, afirmando que “el peor enemigo no está en el imperialismo
sino en los propios desaciertos, en la posibilidad de recaída en la
cultura capitalista”.
Está claro entonces que el meollo último
de las revoluciones no es la toma del poder político, el asalto final a la
casa de gobierno importantísimo, sin dudas, pero sólo condición básica
para empezar a construir los verdaderos cambios– sino la edificación de
una nueva cultura revolucionaria, de una nueva ética, de nuevas relaciones
interpersonales. Dicho en otros términos, la construcción y sostenimiento
de ese verdadero “hombre nuevo”.
En Venezuela se están empezando a
desenvainar dos espadas para acometer esta gran lucha: una contra la
corrupción, otra contra la ineficiencia. La lucha que se viene es grande,
tanto o más que la que significa soportar los embates del imperio y de la
oligarquía nacional. Pero es distinta, pues se trata de luchar, en cierta
forma, contra nosotros mismos.
¿Qué es un cambio cultural? ¿Tendremos
que dejar de ser lo que somos? En cierta forma: sí. Eso no significa que
deberán desecharse los valores que constituyen la venezolanidad (si es que
hay una tal “venezolanidad” como esencia). Pero sí, sin dudas, se deberán
producir transformaciones grandes, enormes, en la manera en entender la
vida, y por tanto, de actuar. Esto no significa que habrá que abandonar el
joropo o las hallacas, obviamente, pero sí acometer la titánica tarea de
repensar el modelo social general que nos constituye.
Se preguntaba Voltaire en su “Cándido”:
“¿Creéis que en todo tiempo los
hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre
han sido mentirosos, bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles,
cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos,
sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y
necios?” La pregunta es
válida para la especie humana en su conjunto y no sólo para franceses… o
venezolanos y venezolanas. Una mirada aguda de nuestra condición nos
demuestra que lo apuntado por Voltaire ha sido y sigue siendo una realidad
incontrastable en la dinámica humana, en todos lados y en toda época
histórica. El desafío es cambiar ese rumbo. ¿Podremos dejar de ser todo
eso en el futuro? Porque no cabe ninguna duda que esas características que
apuntaba un francés del siglo XVIII no son distintas a las de cualquier
ciudadano venezolano actual. Hay que apurarse a aclarar que junto a todo
ello, por supuesto, también son posibles la solidaridad, el altruismo, el
talento creador. Pero no debemos olvidar que la rutina cotidiana está más
llena de todas las características aquéllas que de estas últimas. Nos
guste o no, Homero Simpson puede ser nuestra más cercana caricatura. No
son los premios Nobel lo que más abundan precisamente, ni los
revolucionarios inquebrantables como un Hugo Chávez o un Che Guevara, sino
los Homero Simpson, en Venezuela y en el resto del mundo (y me incluyo en
esta última categoría, sin la menor duda).
Con el modelo de sociedades clasistas basadas en el hiper
consumo, con valores individualistas, racistas, tal como se da hoy todavía
en Venezuela como en cualquier sociedad capitalista, es difícil generar
este “hombre nuevo” del que tanto viene hablando la izquierda desde hace
décadas. Seres fuera de lo común como el Che Guevara, o el propio Chávez,
no son la regla. Lo común es Homero Simpson; la rutina porque así nos la
determinaron pasa ante todo por la corrupción y por la ineficiencia.
Porque si somos así: corruptos e ineficientes, alguien lo decidió:
“Nuestra ignorancia ha sido planificada por una gran sabiduría”, dijo
acertadamente Scalabrini Ortiz.
Con los valores históricos que hacen parte de esa
“venezolanidad” actual va a ser difícil remontar la corrupción y la
ineficiencia. Sería un error pensar que toda esta modalidad humana
apuntada por el pensador francés, constatable en Venezuela tanto como en
cualquier colectivo humano, es natural, biológica, genética; todo lo que
somos es producto de nuestra historia. Por tanto, podemos estar tranquilos
que no somos todo lo apuntado por Voltaire de forma categórica,
definitiva, inapelable. Podemos cambiar, felizmente. Aunque ahí está el
problema: ¡es tan difícil el cambio cultural! “Es más fácil desintegrar
un átomo que un prejuicio” apuntaba sabiamente Einstein. Y ahí está el
desafío.
“Un funcionario no puede refugiarse
en las excusas para no cumplir con sus tareas. (...) Funcionario
que sea negligente tiene que ir pa' fuera”, apuntaba vez pasada el
presidente Chávez. ¿Pero por qué se continúa aún con esa cultura de la
ineficiencia, de la chabacanería, de la pusilanimidad si bien ya se llevan
ocho años de revolución? ¿Por qué se gasta más en alcohol o en entradas
para juegos de baseball que en libros? ¿Cómo es posible que la imagen
arquetípica de Venezuela sigan siendo las Miss Universo? ¿Por qué para las
fiestas de fin de año se triplica el consumo de siliconas para implantes
en bustos femeninos? ¿Venezuela está condenada a ser un país de
“plástico”, de puras “muñequitas”? ¿Así se construye el socialismo del
siglo XXI?
Cuando el presidente Chávez llama a una
guerra a muerte, sin par, absoluta, contra la corrupción y la
ineficiencia, se refiere justamente a esto: a cambiar ese modelo de
liviandad, de banalidad y estulticia superficial por una cultura del
compromiso, de la responsabilidad. ¿Se podrá construir un nuevo paradigma
de sociedad, de ser humano, de relaciones interpersonales si el referente
que se tiene en la cabeza continúan siendo las telenovelas que se exportan
a todo el mundo, esas telenovelas que presentan un mundo plástico y “light”,
esos mismos “culebrones” que mucha gente ansía repetir en la vida real?
La cultura de la ineficiencia, de la
mediocridad y del facilismo está instaurada desde hace mucho. Seguramente
hunde sus raíces en la colonia, cuando el país era un paraíso para el
contrabando, albergue de un supuesto “El Dorado” que signó desde el inicio
la historia nacional. Y que se acrecentó con la “maldición” petrolera del
siglo XX, que hizo de la monoproducción de ese recurso el dios
todopoderoso que logró despoblar el campo, impedir la autosuficiencia
alimentaría y producir una cultura del rentismo facilista que se instauró
por décadas, haciendo creer que era más importante consumir whisky
importado etiqueta negra que producir carahotas, o que hacer compras en
Miami aseguraba la sostenibilidad futura de la sociedad. Cultura que se
asentó en la más indecente corrupción como modo de vida
“institucionalizado”, pasando a ser el “¿cuánto hay pa' eso?” el único
modo de entender las relaciones interpersonales.
“Tanto tienes, tanto vales”, reinado
absoluto del capitalismo consumista, pechos plásticos y centros
comerciales más grandes que en el propio Estados Unidos. Esa es la matriz
donde se formaron los cuadros que hoy, en número considerable, ocupan
cargos en la estructura de gobierno. ¿Cómo pedirles que, de buenas a
primeras, prescindan de esa carga? ¿Cómo esperar que quien toda su vida
respiró un clima de corruptela, viviendo convencido que era más “pícaro”
el que se acomodaba que el que trabajaba, cómo pedirle que ahora tenga
inquebrantables valores socialistas, sea dueño de una ética de hierro y
pueda tomar distancia de esa ramplonería que marcó la vida nacional por
años? ¿Se puede acaso cambiar la cultura por decreto? ¿Cómo y cuándo se va
a empezar a ser eficientes y responsables en el trabajo si durante
generaciones fue más fácil comprar afuera que producir adentro? La bonanza
de los petrodólares de la “Venezuela Saudita” fue no tanto una salvación
sino, objetivamente considerada, parte de esta carga cultural que ahora se
evidencia como un lastre negativo. ¿Cómo, si no, estar orgullosos de tener
más Miss Universos que científicos?
Si ahora comienza la guerra a muerte
contra estas lacras de la ineficiencia y la corrupción –¡eso es el
socialismo, y no las boberías que difunden los medios comerciales de
comunicación!– sabemos que estamos ante la batalla más difícil que pueda
haber: cambiar nosotros mismos. Y eso llevará tiempo, esfuerzo, dolor.
Fundamentalmente eso: mucho dolor por el renunciamiento que se impone.
¿Qué varón que aprovecha su ancestral situación de privilegio machista
aceptará de bueno grado perder su sitial de preferencia para darles
igualdad de derecho a las mujeres? Alguien que se acostumbró toda a su
vida a evitar hacer filas porque tiene “buenos contactos” que le facilitan
las cosas, ¿por qué ahora aceptaría gratamente tener que levantarse a las
cinco de la mañana para ser uno más que debe pasar similares penurias?
¿Cuántos de los que llegaron a tener chofer que les manejen su vehículo
están dispuestos a perderlo y a conducir por sí mismos como hizo Chávez
cuando fue a votar? No hay dudas que “sentirse más” es parte de nuestra
cultura milenaria. ¿Quién está dispuesto a compartir el poder? ¿Quién hace
renunciamientos éticos en función del colectivo? Porque no hay ninguna
duda que en un mundo regido por la ideología del poder económico, del
“tener” como esencia superior, aún atraen esos valores. Si bien en la
República Bolivariana de Venezuela empezaron a cambiar algunas cosas, aún
sigue atrayendo ¡y mucho! ser de los que se pavonean con ropa de marca,
automóviles lujosos y pisan alfombras rojas. Y es igualmente muy cierto
también que todavía no se está cerca de una ética de la eficiencia, del
amor por la calidad. Seduce más ganarse la lotería que trabajar para sacar
un producto excelente. ¿Lo cambiamos por decreto esto? ¿Daría resultado?
¿Cómo lograr que la población, toda la población y no solamente el líder
ejemplar, haga conciencia que botar basura en la calle o no respetar un
semáforo en rojo afecta a todo el colectivo? ¿Cómo interiorizar que
respetar los horarios establecidos no es una carga sino un beneficio para
la organización social, para la excelencia de todos y de todas?
¿Cómo se logra la eficiencia entonces?
¿Habrá que imitar a los pueblos supuestamente “desarrollados”? (esos que
respetan horarios y señales de tránsito). ¿Cuál sería entonces el modelo a
seguir: los alemanes, los suizos? Por nuestro ancestral e impuesto
malinchismo estamos tentados de ver en los “conquistadores” el ideal de
progreso. ¿Necesitaron acaso los rusos, uno de los pueblos más atrasados
de Europa al momento de su revolución en 1917, imitar a los alemanes para
devenir potencia industrial, científica, nuclear, para poner el primer
astronauta en órbita en la historia o tener las universidades más
prestigiosas del mundo en unas cuantas décadas de socialismo? ¿Fue
imitando a estos pueblos “desarrollados” que lo lograron (el mismo pueblo
que los invadió asesinando 25 millones de ciudadanos soviéticos), o
desarrollando una ética socialista propia? ¿Y fue Cuba, un burdel de lujo
de los varones estadounidenses hasta 1958, que se convirtió en territorio
libre de analfabetismo, potencia cultural en el continente y potencia en
desarrollo biomédico a nivel mundial, imitando a los “gringos” que lo
logró? ¿O desarrollando una ética socialista inquebrantable, un orgullo
por el trabajo eficiente y una moral de cero corrupción con las que pudo
dar esos cambios? Aunque todavía no lo podamos creer porque hoy, ante
todo, se vive como una carga el trabajo efectivamente “es la
realización humana”, como reflexionara Hegel sentando las bases del
posterior pensamiento marxista.
El trabajo creativo, innovador, novedoso
nos hace ser menos animales y más personas. ¿Por qué no podría
desarrollarse una cultura propia “a la venezolana”, un “socialismo a la
venezolana”, tropical y caribeño? Porque también se puede ser eficiente en
estas partes del mundo, sin dudas. ¿O acaso los países del Sur están
condenados a ser “atrasados y bárbaros” y el desarrollo es patrimonio del
Norte? Si los rusos o los cubanos lo lograron, ¿quién dijo que en
Venezuela no se puede superar la cultura “de la flojera”? ¿O es cierto que
la sociedad venezolana está condenada a producir sólo telenovelas baratas?
Del colectivo venezolano y de nadie más depende producir esas rupturas,
esos avances superadores. Y seguramente se logrará sin imitar a nadie,
sólo dedicándose a corregir errores.
Que el malinchismo no nos derrote. Los
incas o los mayas, hoy pueblos postrados luego de la conquista española,
fueron las grandes civilizaciones de la antigüedad en el continente
americano. ¿Acaso alguien está condenado genéticamente a ser “flojo, pobre
y atrasado”? La historia, la cultura, y por cierto los cambios en la
historia y en la cultura, los hacemos nosotros, los seres de carne y
hueso, con esfuerzo, con el trabajo cotidiano. Cuando los mayas levantaban
sus pirámides monumentales e inventaban el cero o el calendario más exacto
de la historia, los alemanes recién habían salido de las cavernas, no
olvidarlo.
No hay dudas que es más fácil
desintegrar el núcleo del átomo que nuestra carga de prejuicios
culturales, que nuestra herencia negativa. Y es claro también que eso no
se logra por un simple esfuerzo voluntario: requiere de un trabajo
ideológico educativo tremendamente fuerte, continuado, profundo, sabiendo
que los resultados se verán en la próxima generación. Se invierte hoy para
que nuestros descendientes vean los nuevos productos. Es decir: lo que hoy
se invierta en niñez y juventud repercutirá en varios años, muchos, en
décadas quizá. Si bien no podemos dejar pasar la ineficiencia y la
corrupción actuales por lo que se deberá ser absolutamente estrictos en su
lucha es necesario estar claros que quienes ya están conformados en esa
cultura del facilismo y del acomodamiento, cambiarán poco. De ahí que la
guerra a muerte que ahora se comienza a dar en Venezuela debe priorizar a
las niñas, niños y jóvenes. Pero ello no puede justificar continuar con la
chatura: “Funcionario que sea negligente tiene que ir pa' fuera”.
De eso depende la vida de la revolución, tanto como del trabajo
educativo-ideológico a futuro.
La batalla no tiene el final victorioso
asegurado; en la Unión Soviética, luego de 70 años de socialismo, se
revirtieron grandes avances. Pero lo menos que podemos decir es que vale
la pena intentarlo. Pese a que pueda sonar ampuloso, no hay dudas que
preparar a las nuevas generaciones para otra cultura que supere la
ineficiencia y la chatura a que ya estamos cómodamente acostumbrados, es
una cuestión de vida o muerte. De una nueva cultura, de este “hombre
nuevo” que deberá ir surgiendo, depende la sobrevivencia del planeta y la
especie humana. Si no, es altamente probable que los modelos de desarrollo
consumista y belicistas que hemos ido creando a través de la historia
terminen imponiéndose, y con ellos, autodestruyéndonos y acabando con el
planeta. Aunque suene ampuloso, entonces, la lucha contra las lacras de la
corrupción y la ineficiencia es una lucha por la vida de la humanidad.
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