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PABLO PICASSO
UN NOMBRE Y UN HOMBRE
SÍNTESIS DE LA LUCHA Y EL ARTE DE
SU TIEMPO
José María Lucas
Miembro del Partido Comunista
de los Pueblos de España
En cada período histórico hay uno, dos y
hasta tres iconos de la cultura y el arte que reflejan, de una forma
sintética, impactante y clarividente, los valores, las formas y el
pensamiento de su tiempo. Indiscutiblemente, uno de estos genuinos iconos
y representante por méritos propios del agitado período comprendido entre
fines del siglo XIX y finales del XX es Pablo Picasso. De su mano, con su
arte bajo el brazo, con su personalidad política y social, y utilizándolo
como pretexto, vamos a hacer un brevísimo repaso, con homenaje incluido,
de la cultura y el arte del exilio republicano, tanto del interior como
del exterior, en un tímido intento de contribuir a la alternativa
política, cultural e ideológica frente al indigno proyecto de Ley de la
Memoria Histórica, tan vil, tan ruin, tan barriobajero que obliga a
realizar un esfuerzo en todos los campos para sacar a la luz pública
algunos de los nombres de hombres y mujeres que representaron lo mejor de
la historia cultural, artística y científica de nuestro país. Por ello,
comenzar con una cita que refleje la quintaesencia del cicerone ayuda a
comprender, además de su pensamiento y su acción, el pensamiento y la
acción de una enorme pléyade de personas a las que los pueblos de España,
y la humanidad también, les deben eterno reconocimiento.
Por consiguiente, las palabras que
biógrafos de Pablo Picasso ponen en sus labios durante una distendida
velada con amigos, allá por el año 1923, en Francia, son expresión clara y
contundente de la filosofía e ideología que, como artista comprometido con
los valores más radicalmente democráticos y populares, tendría a lo largo
de toda su longeva existencia. Frases como: “Yo siempre he creído y creeré
que los artistas que viven y trabajan según espirituales valores no pueden
y no deberían permanecer indiferentes al conflicto en el que los altos
valores de la humanidad y de la civilización están en juego”, son un
espejo plano de la esencia de la existencia de esta generación y, en
consecuencia, y, por ello, merecen dignamente figurar en las antologías de
los luchadores por la causa de la humanidad. Por la perfecta síntesis
entre el artista, el luchador social y el mejor notario de su tiempo es
por lo que Picasso merece ser recordado, homenajeado y admirado, y es por
lo mismo por lo que se convierte, sin él desearlo, en vocero de toda una
generación de luchadores portadores de los mas altos valores humanos.
Sin ser Picasso paradigma del exilio
obligado, sí que tuvo un exilio impuesto.El franquismo, primero, y los
nazis, segundo, convirtieron a nuestro artista en exiliado a pesar de él.
Consecuentemente, reflexionar con Picasso sobre el exilio ayuda a
comprender los sentimientos, las pasiones, las añoranzas y los sinsabores
que el conjunto del exilio artístico padeció. Otro exilio, el político y
el social, de características más dramáticas, merecerá una atención
especial en otros momentos. No lo olvidamos.
Picasso, haciendo suyas las palabras del
gran poeta Emilio Valls, decía a sus amigos: “Nosotros, desarraigados,
exiliados, apátridas, ¡somos la prueba tangible de aquella tierra de la
España insumisa!”. Con ello nos colocaba en el meollo de la problemática
del exilio, de todo exilio que implica abandono, voluntario o
involuntario, pero, de cierta manera, forzado, del país de origen. Esta
salida obligada llevaba consigo una imposibilidad de retorno o bien la
claudicación de ideas y principios para hacer posible aquél. En cualquier
caso, traspasada la frontera, el sentimiento de identidad se truncaba,
porque las raíces se debían dejar atrás y ya no había firmeza ni
seguridad, porque el exilio llevaba consigo desplazamiento, desarraigo,
incorporando también en sí la necesidad de depositar el bagaje vivencial
y cultural en las fronteras de otra cultura que refleja la forma de vida y
la visión del mundo de una sociedad diferente.
En esa transmutación entre lo que se
lleva y lo que se encuentra, el exilio, o se convierte en una nueva forma
de ver el mundo (que puede llegar a ser profundamente enriquecedora al
poner a la persona exiliada en contacto con lo que de identidad universal,
de común, tienen todas las culturas), o deprime el alma y el cuerpo en
todos sus aspectos.
Tratando de comprender el sentido del
exilio a lo largo de la historia, a través del reflejo del mismo en el
quehacer literario de algunos de los que lo vivieron, Claudio Guillén
recoge unas palabras del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos: “Procuro
ver el exilio -dice- no como una penalidad política, como castigo o
restricción, sino como algo que me ha obligado a abrirme al mundo, a
mirarlo en toda su complejidad y anchura”. Esta amplitud del horizonte de
vida es un elemento recurrente en las culturas que se generan como
resultado de una expatriación forzosa. Es una manera consciente o
inconsciente de hacer frente al “destiempo” dentro del cual navega la vida
de toda persona exiliada, pues no está ni aquí ni allá, y, estando aquí,
siente nostalgia del allá perdido. Sin embargo, como náufrago que ve
hundirse el barco con todo lo que de suyo había en él, su anhelo es
encontrar “un puerto acogedor”, en palabras de Vicente Llorens.
Desde los albores de la historia hasta
la actualidad, se pueden ver proyectadas estas percepciones en los
continuados exilios que se han producido por motivos políticos, religiosos
o étnicos, junto a los desplazamientos migratorios debido a causas
demográficas o económicas. Dos caras de un mismo proceso de desplazamiento
que se podrían definir, como decían los amigos franceses de Picasso, como
chemins de la faim, chemins de la peur (caminos del hombre, caminos del
miedo), porque la multitud de motivos que han llevado a las poblaciones a
lo largo de la historia a aventurarse fuera de su patria se reducen, en
definitiva, a dos causas principales: la necesidad económica y la
necesidad de seguridad.
Ningún exilio se puede estudiar como un
fenómeno singular o aislado. Bien es cierto que responde a unas
motivaciones específicas que se producen en el país de origen, pero sus
anclajes están siempre enraizados en la historia anterior, incluso de
siglos atrás, y esto es lo que en gran medida va a ayudar a la persona
exiliada en su necesaria nueva vida.
Así, el exilio español de 1939, responde
al hecho histórico concreto de la derrota del régimen republicano en una
guerra civil, pero no se puede entender la idiosincrasia de las personas
exiliadas y las características de las culturas de exilio que produjeron
en los países en los que se asentaron si no se conoce la realidad española
del primer tercio de siglo, y, yendo más lejos en el tiempo, se ve que
este exilio, que obedece a unas causas eminentemente políticas, con un no
desdeñable componente religioso (no en balde la guerra para los golpistas
fue una cruzada), tiene ya antecedentes cuando la nueva monarquía de los
Reyes Católicos decretó, a fines del siglo XV, la expulsión de las
personas judías reacias a convertirse a la religión católica. Es en
relación con el éxodo de las personas protestantes (cifrado en unas
175.000) cuando se acuña el concepto de “refugiado” en su sentido actual.
El encuentro de dos colectivos
procedentes de un mismo país de origen en otro país es un aspecto
importante que hay que tener en cuenta al acercarnos al estudio de
cualquier exilio porque lo normal es que las personas exiliadas tiendan a
ir a países en los que, por razones de vecindad o de afinidad histórica,
ya han sido frecuentes los intercambios. Así, vemos como en Francia,
México, Argentina, Venezuela, Chile, Cuba..., países todos ellos que
acogieron a personas exiliadas del 39, estaban asentadas de antiguo sendas
colonias de emigrados económicos, que reaccionaron de forma diversa ante
los recién llegados, pero que, en cualquier caso, siempre contribuyeron a
facilitar la integración de los que se quedaron. Con respecto a México, se
ha insistido en el carácter eminentemente conservador de la colonia de
emigrados económicos, la mayor parte de cuyos miembros apoyó a los
militares sublevados durante la guerra civil y se manifestó contraria a la
acogida dispensada a los refugiados españoles por parte del presidente
Lázaro Cárdenas. Sin embargo, este profranquismo no fue obstáculo para que
los refugiados en este país recibieran ayuda de miembros de la colonia de
residentes, en especial a la hora de buscar trabajo.
El más paradigmático de los interland
migratorios es Francia, en donde las relaciones entre los grupos de
emigrados políticos y económicos fueron fluidas, con frecuentes
matrimonios mixtos. Aunque si bien se dieron estos mestizajes entre los
emigrantes, cada colectivo tuvo sus intereses específicos y sus propias
señas de identidad. Mientras los emigrados económicos apenas participaban
de las reivindicaciones políticas, los refugiados políticos de primera o
segunda generación mantuvieron su compromiso militante. Una hija de un
exiliado republicano de 1939, Gladis Carbailleira, recuerda, en sus
memorias, lo siguiente: “Mi padre tenía relación con los gallegos que
trabajaban con él y con otros españoles y los visitábamos, íbamos a comer,
eran muy buenas personas, pero la idea profunda era que venían aquí para
reunir ahorros y después volver a España y abrir un comercio”. Y otro
refugiado, Antonio Zapata, también en sus memorias, afirma con
contundencia: “Nosotros podemos ser amigos de los emigrados, pero no
podemos compenetrarnos con ellos, no tenemos la misma ambición.
Ellos venían a hacer dinero y nosotros
vinimos a Francia a la fuerza y nos hemos mantenido a la fuerza debido a
los hijos, porque yo no me he adaptado todavía, yo no pienso más que en
España, yo no me he adaptado al pueblo francés, yo me reúno con cuatro
españoles que a lo mejor no piensan como yo...”. Continúa Antonio Zapata
señalando que los republicanos españoles en Francia se dejaron la vida
para mantener la cultura, el idioma, el arte y los principios políticos
que los trajeron al exilio.
Pero la persona exiliada, sobre todo
para quien el exilio tiene una duración temporal muy extensa, acaba
adquiriendo la condición definitiva de exiliada permanente y, aunque
participe en actividades de la cultura del país donde vive y recree la de
su lugar de origen, siempre será un ser escindido porque nunca se
reconocerá de forma plena en ningún lugar, aunque, como ya se ha señalado
con la cita de Roa Bastos, ese no ser permite más fácilmente proyectarse a
otros mundos y empaparse de otras culturas, a la vez que se continúa
alimentando y enriqueciendo la propia en una relación de interculturalidad,
pues, al acercarnos a las culturas de estos exiliados españoles del 39, se
ve cómo en ellas han acabado confluyendo distintas tradiciones culturales.
Esto se puede observar sobre todo en escritores, artistas, filósofos...
que reemigraron de Francia a América.
El siglo XX, el siglo de Picasso, ha
sido el siglo del “desorden” de las identidades humanas. Nunca en la
historia de la humanidad se han producido desplazamientos de población del
calibre de los inducidos por los conflictos y enfrentamientos bélicos
provocados por el imperialismo. En este marco de constantes migraciones
forzadas se sitúa el exilio de la guerra civil. Pero hay que tener en
cuenta el carácter que presentó la guerra para entender la proyección que
adquirió un exilio no muy extenso cuantitativamente, si lo comparamos con
otros exilios que se estaban produciendo de forma coetánea, pero sí de
fuerte impacto desde una perspectiva cualitativa.
El exilio cultural republicano es
consecuencia de varios procesos históricos, tanto nacionales como
internacionales, pero, el que destaca por su grandiosidad, el más
importante -a mi juicio- de todos, es el de la Revolución Bolchevique de
Octubre de 1917. La revolución de octubre de 1917 en Rusia había llevado
al poder a un partido obrero revolucionario, creando con ello la ilusión
de que comenzaba la era de la revolución proletaria a escala
internacional. Este espíritu es el que alentó la fundación, entre 1919 y
1921, de los partidos comunistas nacionales y el que llevó a la formación
de la III Internacional, encargada de dotar al movimiento obrero y popular
de una dirección unitaria en unos años en los que se estaba agudizando el
proceso de radicalización de clases que llevaría, según convencimiento de
muchos, a un inminente choque entre el proletariado y la burguesía.
La solución fascista a la crisis
capitalista condujo a un cambio de estrategia de la Internacional
Comunista, que se proyectó en la creación de los Frentes Populares a
partir de 1934, y, en un plano cultural, en la asunción por parte de los
intelectuales europeos de una actitud de compromiso ante la realidad.
Atraídos por la literatura, el arte y el
cine soviéticos, la intelectualidad y artistas de la izquierda se
adhirieron al movimiento del realismo social, que tuvo su expresión en la
URSS en el movimiento del realismo socialista, practicado por la Unión de
Escritores Soviéticos desde 1932. Entre ese año y 1935 surgieron en
diferentes países entidades similares a esa organización, que se
denominaron Asociaciones o Alianzas de Escritores Antifascistas, a la par
que intelectuales de distintos lugares viajaban por la Unión Soviética
para contemplar in situ la práctica revolucionaria del reciente estado
obrero y popular
Ese proceso tuvo su crisol en la España
de los años treinta, que se abría, en abril de 1931, con la proclamación
popular de la II República, y se cerraba, en abril de 1939, con la
instauración de una dictadura militar. La llegada de la República generó
grandes expectativas. Políticos, intelectuales, pedagogos,
sindicalistas... estaban convencidos de que la educación y la cultura
sacarían a los pueblos de España de su ignorancia, y las reformas
económicas y sociales les librarían de su opresión y miseria seculares.
Sin embargo, esto pronto se frustró. El enfrentamiento ideológico entre
derechas e izquierdas y la confrontación de clases tuvieron su expresión
más pura y dura en la sublevación militar de carácter fascista de julio de
1936, que en pocos días degeneró en guerra civil.
La Guerra Civil fue la primera guerra de
ideas que estalló en una Europa traspasada por la necesaria toma de
postura activa ante la realidad. El conflicto conmocionó a una gran parte
de la opinión pública europea y americana. La mayoría de los intelectuales
sintieron la guerra civil española como algo propio: significaba la
defensa de las clases populares oprimidas, de la libertad y de la cultura
contra el fascismo y el totalitarismo. La celebración del II Congreso
Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en el verano de
1937 en Valencia, Madrid, Barcelona y París constituyó un hito en este
compromiso de la intelectualidad nacional e internacional con las ideas
republicanas y que se convirtió en muestra de solidaridad activa en la
formación de las Brigadas Internacionales.
Por ello, uno de los rasgos más
definidores del exilio de 1939 es su carácter plural, ya que no se puede
hablar de un exilio, sino de muchos, debido a la diversidad en la
procedencia geográfica, composición socio-profesional, adscripción
política y sindical, así como países de asentamiento de sus integrantes.
En cuanto a la procedencia geográfica, el mayor porcentaje en Francia fue
de catalanes y aragoneses. En el caso de la emigración a países
latinoamericanos, el primer lugar lo sigue ocupando Cataluña seguida de
Madrid. Esta distinta geografía hace que se hable de forma genérica del
exilio de los republicanos españoles, pero también del exilio de los
catalanes, de los vascos, de los valencianos, de los gallegos... En
algunos casos, estos exilios regionales presentan una personalidad propia,
ya que son el reflejo de una cultura que tiene como vehículo de expresión
una lengua diferente al castellano.
En este sentido, el presidente de
Colombia, Eduardo Santos, señaló, en cierta ocasión, que el exilio español
de 1939 era el exilio de todo un pueblo ya que, junto a los restos de un
ejército derrotado, salían del país los dirigentes de los grupos políticos
y organizaciones sindicales de la izquierda, los representantes de los
gobiernos central y autónomos y una población de mujeres, hombres, niños,
ancianos... que abarcaba todo el espectro demográfico de España. A esto se
unía el hecho de que el grueso de los combatientes que fueron al exilio
eran jóvenes que apenas habían iniciado su actividad laboral. A este
respecto, es necesario recordar las palabras de Picasso respecto a sus
compatriotas: “La media de edad de los republicanos españoles era muy
baja. Más de la mitad de los que entraron en Francia no había llegado a
los veintitrés años y había hecho mucha guerra, muchas huelgas, mucho no
debate, mucha lucha política o social, pero no tenía las manos adaptadas
para coger ni un martillo ni una lima”.
Otro aspecto que hay que retener es que
fue un exilio de la izquierda española, es decir, de republicanos,
socialistas, comunistas y anarquistas, que, en los momentos del éxodo, ya
no integraban ese frente popular que ganó las elecciones en febrero de
1936. El desarrollo de la guerra y la posterior derrota abrieron profundas
brechas entre esos grupos y en el seno de cada uno de ellos. Aunque en el
exilio hubo tomas de postura y actuaciones coyunturales unitarias, cada
grupo vivió de forma diferente su exilio, tanto desde el punto de vista
político como cultural.
Con respecto a los lugares de
asentamiento, el país que acogió un mayor volumen de refugiados fue
Francia. No obstante, de las 465.000 personas que atravesaron la frontera
a finales de enero y principios de febrero de 1939, la mayoría retornaron
a España. Un informe del gobierno francés evalúa su número en 140.000 a
finales de 1939, pero esta cifra es baja, porque había personas que
estaban indocumentadas y, por tanto, no sujetas a control. En cuanto a
Inglaterra, que durante la guerra había acogido a 4.000 niños vascos,
recibió después un núcleo muy pequeño de exiliados, pero muy escogido
desde el punto de vista intelectual. Por último, un tercer país europeo
que acogió a republicanos españoles fue la Unión Soviética. A este país
llegaron 2.967 niños en cuatro expediciones, entre 1937 y 1938. Además, en
estos años llegaron unos quinientos adultos, en gran parte estudiantes
para pilotos y marinos. En la primavera y verano de 1939, reemigraron
desde Francia y el norte de África algo más de un millar de personas,
militantes del PCE en su inmensa mayoría. Algunos partieron después a
países de la Europa socialista, pero el volumen fue pequeño. La presencia
de exiliados en otros países europeos fue también muy escasa.
Para Francia, los republicanos
constituyeron un problema desde el primer momento, tanto desde el punto de
vista económico como de cara a una parte de la opinión pública, que
consideraba al rojo español como un extranjero “indeseable”. Esto hizo que
el gobierno francés alentara su repatriación a España o su reemigración a
terceros países. Pablo Picasso, sus amigos, el PCF y numerosas
organizaciones populares lucharon por ayudar en lo general y en lo
particular a los numerosos exiliados. Si exceptuamos México y, en otro
nivel, Chile y la República Dominicana, los países de Latinoamérica se
mostraron, en general, poco receptivos, impusieron condiciones y
establecieron criterios de selección para la admisión de refugiados.
México fue el país que acogió un mayor número de republicanos, en torno a
22.000, entre 1939 y 1948, de procedencia socio-profesional diversa.
Dentro de ella hay que destacar el grupo de intelectuales y políticos.
Según ha señalado Javier Rubio, de los 197 diputados a Cortes que había en
el exilio en 1945, 139 residían en América y, de éstos, 95 en México.
Ello, unido a la agresión nazi–fascista de la II Guerra Mundial, que asoló
Europa entre 1939 y 1945, explica que fuera en este país donde se inició
la reconstrucción de los órganos de gobierno de la República española en
el exilio y de las estructuras orgánicas de los partidos políticos y
organizaciones sindicales.
Por el cariño especial que hacia Cuba
tenemos, lo cual nos hace referenciarla permanentemente, anotamos que el
volumen de refugiados políticos, económicos y culturales tuvo una
relevancia pequeña, puesto que no sobrepasaron los doscientos. José Amor y
Vázquez, que residió en Cuba entre 1937 y 1946, señala un “total
aproximado de 86 escritores, artistas y profesionales liberales que
pasaron por la isla en visita breve o en estancia algo más extensa”. Al
respecto, hay que destacar que este exilio tuvo en Cuba un marcado
carácter intelectual y profesional a diferencia de la emigración
económica. El triunfo de la Revolución, en enero de 1959, llevó a algunos
de los exiliados españoles que habían permanecido en Cuba a abandonar la
isla. Otros decidieron quedarse colaborando, en algunos casos, de forma
activa con el nuevo régimen. Por último, hubo exiliados de otros países de
Latinoamérica y de la Unión Soviética que se trasladaron a Cuba para
colaborar en el proyecto revolucionario.
El exilio republicano fracasó desde el
punto de vista político, pero, en contraposición, generó unas prácticas
culturales extremadamente ricas. Al acercarnos al estudio de las prácticas
culturales de los exiliados españoles hemos que tener en cuenta el país en
el que asentaron, ya que se dan diferencias significativas entre unos y
otros.
Los tres países que acogieron un mayor
volumen fueron, como ya se ha señalado, Francia, México y la Unión
Soviética. En relación con este último, hay que tener en cuenta el hecho
de que aquí no se puede hablar de una cultura de exilio propiamente dicha.
Algunos escritores y artistas llegaron a este país ya adultos, pero los
que fueron niños (la mayor parte) aprendieron un oficio o cursaron
estudios superiores y desarrollaron sus conocimientos en el seno de la
sociedad soviética, en donde se daba un interés por lo español, sobre todo
por su música y teatro clásicos, pero esto no eran expresiones de una
cultura de exilio, sino patrimonio del pueblo español. En cuanto a México,
los refugiados dieron vida a una rica cultura de exilio, que se movió
entre los márgenes de la cultura de élite y que ha sido objeto de
numerosas exposiciones, recopilaciones bibliográficas y estudios.
Es importante constatar que, antes de
1939, existía un profundo desconocimiento de la cultura española en la
sociedad francesa, así como una imagen peyorativa de lo español
alimentada, en cierta medida, por el carácter que presentó la emigración
económica desde finales del siglo XIX y por la propaganda adversa sobre el
“rojo” republicano que caló hondo en una parte de la opinión pública
francesa durante la guerra. Las personas exiliadas, con su trabajo, con su
mundo de valores, con su idea de la cultura y con su participación en la
lucha contra el nazi-fascismo durante la segunda guerra mundial,
contribuyeron a cambiar esas percepciones. En este sentido, y yendo más
lejos, tendríamos que preguntarnos qué parte cabe atribuir a las personas
exiliadas y a sus hijos y nietos en la fuerte revalorización y atractivo
de todo lo español que, desde hace ya años, se viene produciendo en la
sociedad francesa.
Descontando a Pablo Picasso, al cual en
muchos lugares se le considera, hoy todavía, francés, en la actualidad hay
un escaso conocimiento de las manifestaciones culturales de los refugiados
españoles en Francia. Apenas existen recopilaciones bibliográficas o
catálogos realizados por los propios exiliados, como en el caso de México,
o publicados por estudiosos de estos temas. En los últimos tiempos, se han
organizado multitud de seminarios para intentar recopilar, analizar y
estudiar de una manera sistemática toda la gran cantidad de obra artística
y literaria del exilio español en Francia. En ese marco, cabe incluir las
numerosas exposiciones sobre Picasso en todas sus expresiones, desde el
Picasso clásico al Picasso casi surrealista, pasando por el Picasso de la
figura humana hasta el del aguafuerte terminando por el antifascista y
amante de la paz.
Un tema que no se puede dejar de lado,
siquiera en breve mención, es el de los hispanistas que han contribuido en
gran medida a difundir en Francia el conocimiento de la historia, la
literatura y, en suma, la cultura española. Recordemos nombres como los de
Marcel Bataillon, Jean Cassou, Nöel Salomón, Bartolomé Bennassar, Jean
Sarrailh o Joseph Pérez, todos ellos amigos o conocidos de Picasso. La
mejor síntesis es la de las colaboraciones de franceses en la prensa de
los exiliados, como en el caso de L'Espagne Republicaine.
Las primeras manifestaciones de la
cultura de los republicanos españoles que traspasaron la frontera a
principios de 1939 las encontramos en los “campos de concentración de la
playa” adonde fueron conducidos. En Argelès, Barcarés, Saint Cyprien y,
luego, en otros campos de concentración del interior, los españoles
trataron de mantener la tradición cultural republicana que traían consigo
como medio de enfrentarse a la trágica situación del exilio. En los campos
fueron encerrados no sólo soldados del ejército republicano derrotado,
sino también escritores, médicos, abogados, maestros, profesores,
estudiantes... Pronto, los responsables españoles de los campos y muchos
internados, para hacer más llevadera la vida de miseria y degradación de
esa reclusión forzada, empezaron a organizar actividades que retomaban el
espíritu de lo que había significado la cultura en los años de la
República. Se organizaron barracones de la cultura en donde se
desarrollaban diferentes actividades culturales y de ocio (bandas de
música, competiciones deportivas...), se impartieron clases y se editaron
boletines.
La vida en los campos ha sido recogida
en dibujos, grabados, acuarelas... de pintores. Entre los pintores que
recogieron la vida en los campos están los nombres de Antoni Clavé, Josep
Franch-Clapers, Bartolí, Nicomedes Gómez, Jesús Martí...
Los catalanes desarrollaron una
actividad cultural muy intensa en su propia lengua y lo mismo señalan las
crónicas para los vascos y los gallegos. Hubo, en el campo de Agde, un
islote de los catalanes (así llamado) donde se llevaron a cabo actividades
del mismo carácter de las ya mencionadas, pero en la tradición de su
propia cultura. Por otra parte, esa voluntad de restaurar la continuidad
cultural rota por la guerra la encontramos en la creación por la
Generalitat de Cataluña en el exilio de la Fundación Ramón Llull, que, en
diciembre de 1939, emprendía la publicación de la Revista de Catalunya,
considerada como la primera revista cultural del exilio fuera de los
campos. Por otra parte, los catalanes impulsaron la creación de entidades
asociativas de distinto carácter, como los casals catalans, que solían
editar boletines y revistas, así como apoyar la organización de
actividades culturales.
La cultura española del exilio tenía
niveles. Así, en Francia, junto a manifestaciones genuinas de cultura
popular, que se desarrollaron especialmente en los medios libertarios, los
intelectuales, profesionales liberales, escritores o artistas crearon
centros de reunión y órganos de difusión de su actividad, a la par que
trataban de que su obra fuera publicada y conocida en los círculos de
exiliados y en el más amplio de la sociedad cultural francesa. En los
primeros momentos del exilio, las publicaciones de los refugiados se
desconocían en el interior de España. A partir de los años cincuenta
empezó a ser una realidad el “puente” entre intelectuales del exilio y del
interior.
Uno de los pilares de este puente era
institucional o asociativo. En él figuraban, por ejemplo, la Agrupación de
Universitarios Españoles, el Comité de la Unión Federal de Estudiantes
Hispanos (Comité Nacional de la FUE), el Comité Español Provisorio de la
Interayuda Universitaria Internacional (1944), la Agrupación Profesional
de Periodistas Españoles en el exilio, la Unión de Intelectuales
Españoles, creada en 1944, o el Centro de Estudios Económicos y Sociales
de Toulouse-Barcelona. Otro lo representaban los ateneos, organismos
impulsados por intelectuales, pero abiertos a un público más amplio. En
París, estuvo primero el Ateneo Hispanista y, desde 1957, el Ateneo
Ibero-Americano; en Lyon, el Ateneo Cervantes, y, el Ateneo Español, en
Toulouse. El tercer pilar lo representaban las editoriales. Entre las más
representativas se pueden mencionar a Ediciones Hispanoamericanas,
Librería de Ediciones Españolas, Editorial Ruedo Ibérico, Colección Ebro o
Ediciones Catalanas.
Complementando estas fuentes culturales
estaba la prensa militante, gubernativa, literaria o partidaria. Geneviève
Dreyfus ha rastreado cerca de seiscientos títulos de publicaciones
periódicas entre 1939 y 1975 en Francia y África del Norte. La mayor parte
de estas publicaciones eran órganos de expresión de los gobiernos
centrales y autónomos en el exilio y de partidos políticos y
organizaciones sindicales. Presentaban un carácter diverso. En gran
medida, eran publicaciones donde plasmaban la orientación política e
intelectual. La riqueza formal y de contenidos, la amplitud o la duración
variaron. Los problemas de financiación fueron frecuentes y sufrieron
prohibiciones en diferentes momentos. No obstante, su consulta es
fundamental para un conocimiento de las prácticas culturales de los
exiliados. En ellas escribieron gran parte de los ensayistas, narradores,
poetas o dramaturgos del exilio. En algunas, revistieron gran interés las
ilustraciones, además de las noticias sobre actividades culturales o las
relaciones de libros que se publicaba. Las más interesantes, a mi juicio,
son: Boletín de la Unión de Escritores, Independencia, L' Espagne
Républicaine, Méduse, Galería, Cuadernos del Congreso por la Libertad de
la Cultura y los Cuadernos del Ruedo Ibérico.
Un último aspecto que hay que destacar
es el que se refiere a las artes plásticas. Así como una gran parte de
escritores, científicos y profesionales liberales trataron de reemigrar de
Francia a México, los pintores, escultores, ilustradores... permanecieron,
en su mayoría, en Francia, y se vincularon al grupo español de la Escuela
de París, integrado por artistas llegados a esta ciudad a principios de
siglo o en el período de entreguerras, siendo ayudados por miembros de
este grupo, como Picasso. Algunos de estos artistas se quedaron en París;
otros, se instalaron en diferentes lugares, pero manteniendo siempre un
lazo de unión con la capital francesa. Aquí permaneció el escultor
Baltasar Lobo, autor del monumento erigido en Annency para recordar a los
españoles muertos en las filas de la armada francesa y de la Resistencia.
En Toulouse, la actividad plástica también tuvo gran fuerza auspiciada por
los libertarios, que impulsaron las Exposiciones de Arte Español en el
exilio, la primera de las cuales se celebró en febrero de 1947, en la
Cámara de Comercio. Pintores vinculados a la vida de la “ville rose”
fueron Hilarión Brugarolas o Juan Jordá. Entre los ilustradores, no se
puede olvidar a Call y Argüello, merecedores de una monografía.
Desde principios de los años sesenta,
las manifestaciones culturales colectivas de los exiliados empezaron a
decaer, por los cambios que se estaban produciendo en el seno de las
sociedades en las que vivían y por la avanzada edad de la primera
generación. Los hijos de éstos, educados en instituciones francesas,
participaban en pequeña medida en las actividades de sus padres, en las
que había un compromiso político como punto de partida ligado a un
acontecimiento que ellos no habían vivido directamente. Por último, en
estos años sesenta, se intensificaron los contactos entre los refugiados y
los emigrados económicos que salían de la España de Franco.
Estos hechos favorecieron la relación
entre el exilio y el interior, y tuvo sus formas de expresión en la
cultura. Muchos jóvenes escritores, artistas, universitarios procedentes
del interior fueron a Francia, algunos en autoexilio voluntario, y
acogieron en su actividad cultural elementos de las prácticas culturales
de los exiliados a la par que se convertían en las nuevas voces críticas
de un régimen dentro del cual se habían educado. En suma, la nueva
situación era un reflejo del desvanecimiento de un exilio más por el
irresistible paso del tiempo que por un cambio en las circunstancias
históricas que lo habían provocado.
El marco general del exilio cultural no
debe impedir rendir homenajes personales, y, en ese sentido, es
conveniente citar, por sus especiales características, a escritores como
Manuel Azaña, Max Aub, Arturo Barea, Manuel Andújar, Rafael Alberti, Pedro
Salinas, Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, León Felipe y
Paulino Massip. Reconocimiento y recuerdo especial hacemos a aquellos que,
a pesar de su muerte, son el alma de la contestación antifranquista, como
Miguel Hernández, Antonio Machado o Federico García Lorca.
Amigos y compañeros de lucha de nuestros
intelectuales y artistas exiliados (y para los cuales vaya nuestro más
cariñoso recuerdo) fueron, entre otros, Ilya Ehrenburg, Louis Aragón,
Alejo Carpentier, Juan Marinello, César Vallejo, Octavio Paz, Stephen
Spender, Julián Benda, André Malraux, Nicolás Guillén, Tristan Tzara, Anna
Seghers… muchos de ellos, comunistas; todos, grandes militantes
antifascistas y solidarios de pro con la causa y la cultura republicana.
Y, de entre los cineastas, cabe citar a
nuestro ínclito Luis Buñuel, referente obligatorio para el cine actual.
Además de en los campos de la cultura y
el arte, marcharon al exilio gentes como Severo Ochoa (biólogo), físicos
(como Arturo Duperier Vallesa), químicos (como Enrique González Jiménez),
astrónomos (como Pedro Carrasco Gorronera), oceanógrafos (como Odón de
Buen), filósofos (como Juan David García Bacca), además de un sinfín de
filólogos, historiadores y pedagogos.
Durante mucho tiempo, la vanguardia
artística española estuvo en París, mucho antes de que la Guerra Civil
convirtiera a los integrantes de esa vanguardia en exiliados republicanos.
Por este motivo, algunos dudan hoy en día que los artistas, en general,
hayan sido alguna vez «exiliados» políticos y, al parecer, está fuera de
lugar considerarlos emigrantes, ni siquiera emigrantes culturales, que
sería un eufemismo. Los Picasso, Julio González, Juan Gris, Salvador Dalí,
Joan Miró, Óscar Domínguez y otros están perfectamente integrados en la
cultura francesa y en la vanguardia internacional y son la gloriosa
continuación de los Goya y Velázquez, ya que se alimentan de la misma
fuente, una fuente en la que no existen los nacionalismos y en la que
todos beben, pues poseen una raíz común y una determinada forma de ver la
pintura que podemos llamar, quizás, europea. Esta situación explica
perfectamente por qué los artistas se sintieron cómodos en el exilio
europeo, sobre todo en Francia o en Italia, y no resistieron el paso por
América Latina o EEUU.
Por centrar más el tema, y concretar la
llamada pintura “del exilio” (es decir, la vinculada a la República), ésta
tendrá sus orígenes en la Guerra Civil y en lo decisivo que resultó la
exposición del “Guernica” en el Pabellón Español de la Feria Internacional
de París, en el que participan artistas como Alberto Miró, Alexander
Calder, Renal, etc . Este grupo de artistas ya nos da las pautas de los
diversos elementos que conformarán el exilio artístico. Del “Guernica”
cabría decir todo y nada. Por ello, solamente diremos que es la
representación más acabada, perfecta, completa y moderna del arte
militante, habiendo colocado a su autor y a su tiempo en el centro de la
historia mundial del arte. Su simbología es la proyección histórica de la
visión antimilitarista emanada de Velázquez y Goya, y la visión descarnada
y profética de los males del fascismo y del imperialismo. Con la
simbología de que las víctimas populares son los auténticos protagonistas
del drama podríamos cerrar esta breve reflexión.
Una situación muy distinta es la época
vivida durante el franquismo, cuando los artistas tenían que irse si
querían informarse o, sencillamente, respirar, en términos utilizados por
Antonio Saura o Eduardo Arroyo. La situación del exilio de la vanguardia
artística española se prolonga durante toda la etapa franquista, se llega
a identificar vanguardia artística con antifranquismo, y París seguirá
siendo el mayor centro de acogida.
Mientras que en el conjunto del exilio
republicano se producían situaciones iguales o parecidas a las
anteriormente escritas, en el exilio interior, con toda su carga de
represión, aparecían poco a poco actitudes y tendencias intelectuales y
artísticas que tenían como objetivo enlazar con la cultura republicana del
exilio, tanto en forma como en fondo, y que con el tiempo, y a pesar de la
censura, la cárcel o el exilio, produjeron importantes y significativas
obras artísticas.
Mientras en la España franquista de
1949, el entonces Director de Bellas Artes, Marqués de Lozoya, decía, sin
que le temblara la voz ni se le descompusiera la figura, que “el mal de
España reside en que hubo gobiernos empeñados en enseñar a leer y escribir
al pueblo”, un pequeño riachuelo de intelectuales, que más tarde se haría
torrente, regaba culturalmente los yermos campos de la España franquista.
Así, se puede citar a novelistas como Alejandro Sánchez Ferlosio (autor de
“El Jarama”), Juan Goytisolo (“La resaca”), Armando López Salinas (“La
mina”), José López Pacheco (“Central eléctrica”), Luis Goitysolo (“Las
afueras”), Juan García Hortelano (“Nuevas amistades”), Luis Martín Santos
(“Tiempo de silencio”), José Manuel Caballero Bonald (“Dos días de
septiembre”), Alfonso Grosso (“Germinal”), a autores teatrales como
Antonio Buero Vallejo (“Historia de una escalera”), Alfonso Sastre,
creador del teatro social (“Escuadra hacia la muerte”, “La mordaza”), José
Martínez Recuerda (“Las arrecogías del beaterio de Santa Maria
Egipciaca”), José María Rodríguez Méndez (“Vagones de madera”), Andrés
Ruiz (“La guerra de los hombros”), Lauro Olmo, premiado en el Festival
Internacional de Moscú, “La camisa”, a poetas como Blas de Otero (“Pido la
paz y la palabra”), Gabriel Celaya (“Poesía urgente”), etc.
Mujeres como María Luisa Algarra, Carmen
Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite inscriben sus nombres en
la nómina intelectual democrática y sus aportaciones serán tema de un
próximo trabajo en estas páginas.
Entre los intelectuales canallas que por
acción u omisión colaboraron con el régimen franquista se puede citar a
Jacinto Benavente, Ramón Menéndez Pidal, Pío Baroja, Azorín, Miguel de
Unamuno, Manuel Machado, Eduardo Marquina y Ramón Pérez de Ayala, entre
otros. El doctor Marañón y José Ortega y Gasset juegan permanentemente a
la ambigüedad, en una primera etapa, y a una aceptación más o menos
explícita de los vencedores, en la segunda.
Para ir
terminando por el principio, la vida y la obra de Picasso se confunden con
la Historia General y con la Historia del arte y la cultura del siglo XX,
y, dentro de ella, con la cultura de los exilios interior y exterior.
Es
imposible comprender la historia, la pintura y la cultura moderna sin
Picasso, pero, asimismo, es imposible comprender a Picasso sin ella. El
autor de la frase “cuando se es joven de verdad, se es joven para toda la
vida”, refleja cristalinamente su legendaria vitalidad y la de su
generación. No sé si Picasso es el mejor pintor de nuestro tiempo; solo sé
que su pintura, su escultura, su cerámica, con todos sus cambios brutales
y sorprendentes, es la quintaesencia del arte de nuestro tiempo. Incluso
cuando estuvo en contra de las normas de su tiempo fue el pintor de su
tiempo. Picasso fue un artista inconforme que rompió la tradición
pictórica. Y esa inconformidad ante la vida, ante la política y ante el
arte es la idea y la actitud que atraviesa a todo un conjunto de
intelectuales a los que estas líneas ofrecen un pequeño homenaje. Un
artista galardonado con dos Premios Lenin de la Paz, por su inquebrantable
lucha contra el imperialismo y la guerra, y autor del símbolo por
antonomasia de la lucha pacifista, la paloma, no puede ser nada más que el
símbolo de un período.
Ese
símbolo es el comunista Pablo Picasso y, ese período, el siglo XX. |